¿Y QUÉ CELEBRAMOS EL DÍA DEL LIBRO?

Por Cecilia Izarraraz

El 12 de noviembre se celebra el Día Nacional del Libro en México, separada por siete meses de la celebración mundial, el 23 de abril. Algunos países unen la celebración nacional con la internacional, pero nosotros en México tenemos dos fechas para ello. Estas celebraciones, así como la del día del bibliotecario, el día de la lectura u otras análogas, me llevan de manera irremediable a la pregunta que encabeza este texto: ¿qué celebramos? ¿qué hacemos cuando el objeto de la celebración es más elogiado que conocido?  ¿cuándo la frase “debo leer” aparece con muchísima más frecuencia que la de “quiero leer”?

El libro hace objetiva una de las herencias culturales más valiosas que el ser humano ha creado: el lenguaje y, por supuesto su trascendencia. El libro lleva en sí la cualidad tanto informativa como creativa, permite el desarrollo de la capacidad de abstracción, la construcción de realidades diferentes, abre ventanas a otras formas de pensar, de entender, de concebir, más allá de geografías y de épocas, además de proporcionar, aunque muchos de los no lectores lo duden, disfrute, goce, juego, placer. El libro promueve al lenguaje como una herencia cultural que nos permite transitar a una mayor humanidad.

Entonces ¿por qué la dificultad para reconocer que esa trascendencia debería acercar al libro a nuestra vida cotidiana en lugar de colocarlo en el pedestal lejano y solemne de la veneración?

Cuando celebramos un cumpleaños o una alegría especial en nuestra vida, generalmente invitamos a la gente amada, amigos, familia, personas con las que nos unen experiencias gratas y entonces compartimos y cantamos y disfrutamos y ponemos en el centro el motivo de la reunión. ¿De qué manera celebrar el día del libro? Creo que más que celebrar el día de libro deberíamos celebrarnos a nosotros porque ellos existen, y existen precisamente para nosotros; y en esa lógica, acogerlos, acercarlos, divulgarlos, compartirlos y comentarlos con las personas que amamos.

Mucho se ha hablado de la lectura como un acto en soledad, y creo que en las acciones que parten de esta suposición es en donde se encuentra en buena medida la dificultad para que los no lectores cambien de bando. Es cierto, los que amamos los libros necesitamos esa relación personal y silenciosa para poder construir con la lectura nuestro diálogo con el autor a partir de su obra y vivir así las emociones que nos despierta la lectura en compañía solamente de nosotros mismos… pero hay un pero: la lectura en soledad es un punto de llegada, no de partida.

Nuestros sistemas educativos asumen en muchas ocasiones que cuando un niño es capaz de ponerle sonido a las grafías y de pronunciar correctamente las palabras que están escritas en un texto, entonces este niño ya está listo para quedarse sólo con el libro y deducir de una manera mágica que la actividad de la lectura podría ser interesante o benéfica o incluso divertida, mucho más allá de la simple actividad escolar.

Definitivamente hay muchos niños y niñas que así lo han logrado, pero estadísticas, datos y cifras, de manera constante han arrojado la información de que la mayoría de los lectores jóvenes y adultos lo son a partir de haber tenido experiencias gratas con la lectura compartida en su infancia, ya sea en el entorno familiar y/o en el entorno escolar, es decir, de haber descubierto en compañía las posibilidades de lo que pueden recibir de un libro.

La cultura se construye desde el entorno familiar, desde la palabra, a partir de los cuentos, de las canciones, de las leyendas, de ese intangible que se mantiene tercamente en la memoria al paso de todos los años, y es precisamente cuando esas palabras no llegan, cuando no hacemos partícipes a los niños y niñas de esa nuestra historia, cuando dejamos abierta la oportunidad para que otras palabras que no nos parecen valiosas u oportunas, otras formas de pensar, aprovechen el vacío.

Las palabras primeras deben ser precisamente las que, con calidez, desde la casa y la escuela, permitan a los pequeños reconocer que los libros no son objetos decorativos o ajenos, sino que traen precisamente la posibilidad de compartir desde otros tiempos y lugares formas diferentes de ver el mundo, y que la acción de la lectura trae también una forma diferente de vivir, que no es excluyente de otras formas de divertirse.

* LA PREGUNTA INICIAL  sigue y podemos empezar a bordear una posible respuesta. No olvidemos que las fechas son marcas en la memoria de los pueblos. Es así que el Día Mundial del Libro debe su fecha en el calendario a la coincidencia del tiempo de muerte de tres figuras universales de la literatura: el 23 de abril de 1616 fallecieron Miguel de Cervantes, William Shakespeare e Inca Garcilaso de la Vega. El Día Nacional del Libro en México también debe su acotación a un aniversario notable: el 12 de noviembre de 1651 nace la poeta mexicana Sor Juana Inés de la Cruz. *

Todos ellos son clásicos, pero no olvidemos que los clásicos lo son porque, aún después de transcurrir tanto tiempo, lo que dicen sigue teniendo resonancia de actualidad para nosotros. Sigue siendo vigente la figura del idealista Don Quijote, sigue presente el amor en las figuras trágicas de Romeo y Julieta, sigue siendo trascendente la integración cultural marcada por un intelectual mestizo como el Inca Garcilaso de la Vega, y sigue siendo vigente siempre la defensa del derecho a pensar y a crear al margen de una situación de género, como fue el caso de Sor Juana que nos deja en su bella poesía una visión clara de ese mundo que es el nuestro ahora.

Grandes creadores, grandes pensadores que nos siguen diciendo cosas que nos permiten entender este tiempo conflictivo que nos toca vivir. Siempre vale la pena leerlos, para saber, para comprender, para conocer y, siempre, para disfrutar.

Después de esto, me permito intentar la respuesta: ¿Y qué celebramos el día del libro? El lenguaje, que nos lleva a ser más humanos. ¿Y cómo celebrar el día del libro? Viviendo el libro.

 

5 formas de celebrar el Día Nacional del Libro en México

  1. Leer un cuento o un capítulo de libro cada noche a los más jóvenes. Formar hábitos en los demás tiene como punto de partida trabajar nosotros en esos hábitos, y aquí está la lectura como actividad familiar de amor.
  2. Juntarse alrededor del fuego. Hacer una reunión de familia o de amigos, en donde cada quién lleve textos breves que hayan significado algo especial en su vida.
  3. Acercarse a una forma de lectura no experimentada. Reconocer que a la lectura se puede llegar desde diferentes caminos: el libro en soporte de papel, el e-book, el audiolibro, y que no son excluyentes, sino que acercarse a uno de esos medios, acerca de manera natural a los otros.
  4. Construir la memoria familiar. Pedir a las personas mayores cercanas a nosotros que nos relaten alguna anécdota, escribirla y compartirla en medios electrónicos con amigos o con familiares que estén lejos de nosotros.
  5. Compartir posibilidades. Intercambiar en nuestro círculo de amigos o de trabajo títulos de libros, con comentarios acerca de cómo nos impactó ese texto, para invitar a la lectura.

 

Y uno extra:

  1. Círculo temático de lectura. Propiciar la creación de un círculo de lectura sobre un autor o tema que sea de interés común, con reuniones periódicas. Pueden ser reuniones físicas, pero también aprovechar los medios electrónicos y plataformas como skype.

Imagen del blog: https://lamenteesmaravillosa.com/vale-la-pena-que-te-roben-una-lagrima-si-el-ladron-es-un-libron/ https://lamenteesmaravillosa.com/vale-la-pena-que-te-roben-una-lagrima-si-el-ladron-es-un-libro/

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *